Por lo general, damos por sentado que el trabajo es un mal necesario, un mal que tenemos que sufrir, algo que queremos dejar de hacer tan pronto como sea posible para poder dedicarnos a otra cosa que nos haga disfrutar –ver la televisión, hablar con amigos… o si no hay nada mejor, simplemente mirar a través de la ventana-.

Sin embargo, el “trabajo” no es un proceso estable, inmutable. En condiciones favorables, puede ser la mejor parte de la vida; mientras que bajo condiciones sociales mal planteadas pueden ser una frontera infranqueable. Los antropólogos que han observado a los antepasados de grupos de cazadores y recolectores, a menudo han remarcado que en estas sociedades “primitivas” los hombres y mujeres parecían disfrutar del trabajo que tenían que hacer para sobrevivir y que para ellos, la distinción entre lo que podríamos llamar “trabajo” y lo que podríamos llamar “ocio” –bailar, escuchar música, contar historias alrededor de la fogata- es prácticamente inexistente. Un hombre que está de caza no cree estar haciendo una actividad muy distinta a cuando está tocando los tambores en un baile. Ambos, el “trabajo” y la música, son expresiones de diferentes aspectos de su ser.

Pasaron muchos siglos para que el trabajo se convirtiera en una experiencia separada. Lo que provocó este estado fue la evolución de la tecnología que permitió a las personas acumular los alimentos, como los granos y los cereales, y almacenarlos sin que se deterioraran. A su vez, esto dio lugar a que diferentes sectores de la población se dedicaran a jornada completa a ser soldados, granjeros, albañiles, carpinteros, funcionarios y escribas. La sociedad dejó de ser un grupo de personas que hacían lo mismo para ganarse la vida y se convirtió en una fuerza de trabajo cada vez más diferenciada y gobernada por las armas de despóticos tiranos.

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